Reducir el azúcar mejora la vida de los niños en sólo 10 días
Published On 11/11/2015 » By @elmejorbonche »

El endulzante, que se vincula a la epidemia de obesidad, parece tener una responsabilidad mayor en la de diabetes. Un estudio limitó su consumo en menores para demostrar el efecto

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Hasta hace poco, enfermedades crónicas como hígado graso, diabetes de tipo 2, dislipidemia e hipertensión eran cosa de adultos. Pero eso cambió y hoy se presentan en los niños.

Una explicación común apunta a que la obesidad se convirtió en epidémica, y como consecuencia los niños sufren esas patologías. Un grupo de investigadores de la Universidad de California en San Francisco y de Touro University pensó otra cosa. El problema no es la cantidad de calorías sino algunas calorías en particular, plantearon. Apuntaron a las calorías del azúcar, que promueve la resistencia insulínica y por ende este tipo de enfermedades, conocidas como síndrome metabólico.

Hicieron un estudio sobre 43 voluntarios de nueve a 18 años (27 de ellos latinos y 16 afroamericanos, poblaciones especialmente sensibles a la diabetes), todos obesos y con al menos un trastorno de su metabolismo, a quienes les redujeron la cantidad de azúcar de sus dietas.

LA OBESIDAD SE CONVIRTIÓ EN EPIDÉMICA, Y COMO CONSECUENCIA LOS NIÑOS SUFREN ESAS PATOLOGÍAS

“Isocaloric fructose restriction and metabolic improvement in children with obesity and metabolic syndrome” (“Restricción isocalórica de la fructuosa y mejora metabólica en niños con obesidad y síndrome metabólico”), que se difundió en la publicación científica Obesity, probó que en sólo 10 días todos los patrones de salud metabólica de los niños mejoraron: la presión sanguínea, los triglicéridos, el colesterol LDL (el malo); los niveles de tolerancia a la glucosa y los de insulina circulante.

Comían las mismas calorías.

Comían el mismo porcentaje de hidratos de carbono.

La única diferencia: habían reducido su ingesta de azúcar.

Infobae dialogó con uno de los autores del trabajo, Alejandro Gugliucci, profesor de Bioquímica y decano adjunto de Investigación en Touro University sobre este trabajo que puede demostrar que, así como en el pasado cercano se ignoraban los peligros del tabaco, hoy se ignoran los del azúcar.

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—¿Cómo llegaron a la idea de sacar el azúcar pero sin eliminar sus calorías vacías, sino reemplazándolas por las de otros carbohidratos complejos?

—El concepto que todos tenemos —el público en general y los médicos— es que uno engorda porque hay muchas calorías en la dieta. También sabemos que si uno come mucho azúcar, engorda. Ahora bien: si uno quiere buscar una explicación sobre el azúcar que vaya más allá de las calorías, tiene que hacer un estudio en el cual las calorías se mantengan iguales. Porque si una persona adelgaza diez kilos, todos los problemas de pre-diabetes bajan o prácticamente desaparecen. En ese caso la explicación se confunde: uno no sabe si el cambio se debe a que cambió de peso o fue porque hay algo específico en la dieta. Lo mismo pasa si se baja el nivel de carbohidratos y se mantienen las calorías: se puede pensar que el problema eran los carbohidratos en general, es lo mismo el arroz que la papa, la pasta o el azúcar.

Los resultados que asombraron a los médicos

Los investigadores analizaron primero qué comían los participantes; luego hicieron el reemplazo para que el porcentaje de macronutrientes se mantuviera idéntico en la nueva dieta, que carecía de azúcar y reemplazaba las calorías de ese carbohidrato por las del almidón. Tuvieron que tener en cuenta particularidades del grupo a estudiar: “Esta dieta para el estudio, apta para niños, incluía varias comidas procesadas, con poco o nada de azúcar, como salchichas de pavo, pizza, burritos de frijoles, chips de papas horneadas y palomitas de maíz”, se lee en el artículo.

—¿Cómo fue el proceso del estudio?

—Fue un estudio más complicado —siguió el profesor Gugliucci—. Los dietistas interrogaron a cada niño y les hicieron anotar todo lo que comían durante la semana. Luego calcularon las calorías y lograron darles las mismas en total y las mismas en carbohidratos. La única diferencia fue que les bajamos la cantidad de azúcar casi tres veces. Para eso aumentamos las calorías en forma de otros carbohidratos, también comida procesada: se les sacaron las galletas dulces y se les pusieron bagels. Se le sacaron los jugos de naranja y de manzana y las bebidas refrescantes azucaradas.

—¿Por qué se estableció una meta de 10 días para el experimento?

—Por varias razones. Una, económica: son estudios muy caros. A los niños se les dio toda la alimentación controlada, preparada en una cocina metabólica en la Universidad de California. Otra: hay un estudio previo de Touro University también —del cual yo no participé— que mostró que alcanzaba con dos semanas de cambio en la cantidad de fructuosa en la dieta para que los parámetros subieran o bajaran en adultos. Por último, cambiarle la dieta a un niño —sacarle los refrescos, el jugo, las galletas dulces— es complicado: el sufrimiento del niño es muy difícil de sostener por más de 10 días.

Gugliucci y el resto del equipo debieron sufrir bastante más tiempo hasta saber si esos 10 días bastarían para dar resultados confiables. “Tuvimos la preocupación de que acaso nada saliera” dijo, “porque estos estudios se hacen en doble ciego: los médicos ven al niño pero luego las muestras del niño van a laboratorios diferentes con números, sin nombres”. Los investigadores no podían saber si una muestra correspondía al día uno al día 10 de la dieta y, por supuesto, nada sobre la identidad del niño. “No supimos los resultados hasta cuatro años y medio después, no pudimos tener resultados preliminares. Todo fue muy controlado. Al fin los conocimos y nos asombramos de la potencia de los cambios”.

El que destacó el profesor: “La insulina les bajó alrededor de un 40% en 10 días nada más”.

La importancia del dato es capital no sólo ante la actual epidemia de diabetes, sino porque al menos la quinta parte de las personas tienen genes prevalentes que los van a hacer diabéticos si la dieta se los permite.

DEL TRASTORNO METABÓLICO A LA EPIDEMIA DE DIABETES

En los Estados Unidos los niños consumen cuatro veces más azúcar que lo que se considera un límite saludable, con consecuencias como la hiperactividad en las escuelas. Sin embargo, el problema dominante a nivel nacional es el que abordaron los investigadores que dirigió el médico Robert Lustig, profesor del Departamento de Pediatría de la Universidad de California en San Francisco y endocrinólogo infantil en el hospital de niños de la institución: la obesidad y, sobre todo, los trastornos metabólicos. Y más allá de los Estados Unidos: en países como India, Pakistán y China la diabetes de tipo 2 tiene mucha presencia sin que prevalezca la obesidad. “Eso sugiere que las calorías en sí no explican el fenómeno”, escribieron en el artículo que presentó el experimento.

La explicación se orientó al azúcar porque se metaboliza por el hígado, lo que aumenta la resistencia a la insulina y potencia el riesgo de diabetes, enfermedad coronaria y problemas hepáticos, además de interferir el sentimiento de saciedad.

LOS NIÑOS EN EEUU CONSUMEN 40 CUCHARADITAS DE TÉ POR DÍA DE AZÚCAR Y LO RECOMENDADO SON 10

La restricción del azúcar mejoró todos los parámetros metabólicos en los niños estudiados: en sólo 10 días redujeron la presión sanguínea, los triglicéridos y el colesterol; también mejoraron la tolerancia a la glucosa y el problema de la hiperinsulinemia. “Esta es la primera gran evidencia de que el factor es el azúcar, no las calorías: eso es lo más importante de este estudio”, sintetizó el profesor Gugliucci.

—¿Cuáles son las consecuencias de ese hallazgo?

—Las calorías totales son importantes, claro, pero si es el azúcar solo, es más fácil de controlar que si son las calorías totales. Este hallazgo es de gran importancia en salud pública porque la epidemia de diabetes en el niño —que se corrió en los últimos veinte años de los adultos a los niños— transforma a ese niño que ya es gordito en una persona que será una víctima de su insulina, y lo único que hará es engordar más: cuanto más insulina hay, más comida se quiere, y el cerebro menos atiende a la razón del tejido adiposo que indica que hay que dejar de comer. Estos niños no sólo tendrán una vida más corta sino que van a tener una serie de complicaciones que antes las veíamos cuando llegábamos a los 65 o 70 años, y si ellos empiezan veinte o treinta años antes, las tendrán igualmente antes. Son vidas que se acortan, son enormes sufrimientos familiares.

—¿Y desde el punto de vista de la salud pública?

—Son gastos enormes para el sistema de salud, que se va a romper. Porque si bien la epidemia de obesidad va ligada a la epidemia de diabetes, la de diabetes avanza un 30% más rápido. Están ligadas pero hay una que tiene otra explicación. Pensamos que es el increíble consumo de azúcar. Los niños en este país consumen 40 cucharaditas de té por día de azúcar y lo recomendado son 10, y hay gente que dice que sólo seis. Si pudiéramos sacarles eso, es muy probable que en pocos años empecemos a ver que, por lo menos la epidemia de diabetes, va a alcanzar un tope y después va a ir para atrás.

El estudio tiene otra importancia potencial. Décadas atrás la industria tabacalera negaba las asociaciones entre el consumo de cigarrillos y cánceres como el de pulmón o el de páncreas. Fueron necesarios muchos estudios científicos para que las autoridades sanitarias intervinieran en el asunto, mientras mucha gente perdió calidad de vida, y la vida misma. Algo así podría suceder con el azúcar en el porvenir, acaso no demasiado lejano.

“Este es un estudio”, dijo el profesor de Touro University. “Y no hay nada en ciencia que se pueda considerar un axioma hasta que no esté comprobado por un equipo independiente. Nosotros casi tenemos la contraprueba: recientemente una colega nuestra, en la Universidad de Davis, hizo un estudio muy parecido pero al revés: a sus estudiantes, adultos jóvenes, les agregó a la dieta un vaso grande por día de una bebida azucarada o de su equivalente sin azúcar. Y los dejó comer lo mismo. Los estudió durante dos semanas y encontró el calco, pero invertido, de lo que encontramos nosotros en los niños. Es decir que si uno agrega azúcar se va para un lado malo, y si se la saca se va para un lado bueno.

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